9 de abril de 2014

Luz Entre La Sombra

Envuelto en la oscuridad de medianoche, sumido en el susurro de la brisa de verano, embriagado por el elixir de la soledad, agarra las sogas para flagelarse la alegría, dejando que el porvenir se desangre hasta la extinción. Su piel rugosa libera placer al palpar el cuero gastado, su mente frágil se colma de alivio al notar el metal oxidado desgarrar dolor. Frunce el ceño y aprieta los dientes para sofocar esa sensación abrasiva que tan solo él es capaz de aguantar.

Desgrana la pena en recuerdos empolvados y esperanzas marchitas. Airea en murmullos entrecortados la angustia que lleva clavada en el alma. “No hay mayor desgracia que la que Dios me ha dado a sufrir. No hay mayor desgraciado que yo”, cavila acelerado.

El sudor empapa las arrugas que brotan de la frente, calando la camisa acartonada y los pantalones desechos que cubren una mustia desnudez. Sus ojos se agitan descontrolados y sus piernas marcan el ritmo de la locura. Los pensamientos corren frenéticamente, reproduciendo y expirándose a cada instante, apuntando hacia una única dirección: la muerte, la única salvación posible.


Con esmero repasa el plan con el que tantas veces ha fantaseado, puliendo hasta el más ínfimo detalle. Acaricia suavemente el filo de un gastado cuchillo, evocando una caricia tierna de cuando aún sabía amar. Ensaya el vaivén que dará con el acero en el pecho. Una larga bocanada recorre sus pulmones mientras siente el mango en su piel. El descanso eterno, la paz ansiada, está a escasos minutos.

Enciende un cigarro y saborea la intensidad del humo de la despedida, imaginando cómo será el día después. Ante él se iluminan portadas de periódico e informativos de televisión relatando su desenlace. Describen cómo fue su vida, incluyendo testimonios de vecinos y curiosos que ensalzan cuán educado y ejemplar había sido. El barrio que le había visto nacer y crecer desprendía incredulidad y consternación. Aquel día, las tabernas brindarían por mantener vivo su recuerdo, en los corrillos no se pronunciaría otro nombre más que el suyo, tampoco se derramaría una lágrima que no fuera por su ausencia, los rezos pedirían por el reposo eterno de su alma, el negro haría olvidar al resto de colores. Las banderas ondearían a media asta, en los campos de fútbol se guardaría un minuto de silencio y se propondría construir una estatua conmemorativa o bautizar con su nombre una avenida comercial, a un nuevo polideportivo o incluso al aeropuerto. “Nunca más seré olvidado”, se dice a sí mismo poseído.

Tras una larga calada, la malicia se posa sobre su sonrisa. Recuerda a sus amigos, aquellos que le han abandonado como si de un perro se tratase, arrastrándolo al filo de este precipicio. Por siempre cargarán con el peso del remordimiento hasta verse abocados a las llamas del mismo infierno. Disfruta fantaseando con sus rostros desencajados ante su féretro, con el sentimiento de culpa cortándoles la respiración, secándoles la garganta, quemándoles las entrañas, reventándoles el pulso. “Que ardan sus conciencias con mi presencia grabada como único testigo”, brama enfurecido.

En un instante de súbita decisión sostiene el arma con ambas manos. Sereno, esconde sus ojos, mostrando unos párpados de tonalidades moradas. En su interior, una vela va menguando su luz entregándose a las sombras. Resopla y mueve los brazos hasta formar un ángulo recto con la espalda. Apresuradamente, impulsa el movimiento que apunta al corazón. El golpe resulta sordo, su cuerpo vibra con violencia y el aliento escapa anhelando libertad.

Al abrir los ojos vislumbra sus manos temblorosas fundirse con sus costillas, sin que el acero ni la sangre se hayan llegado a unir, sin que la muerte haya sido capaz de apagar por completo su vela. Alza la mirada y descubre el reflejo de la luna brillar sobre el cuchillo tirado en el suelo. Aún aturdido, alcanza a escuchar un leve gruñido que viene de la puerta, dejando tras él unos pasos que se alejan inquietando al silencio.

La adrenalina fluye ferviente por sus venas, el pálpito aúlla por salir del pecho y el aire entra y sale disparado sin parar. Como un resorte, sale desbocado en busca del imprevisto salvador. La rabia, el odio y la tristeza se han extinguido, y el alma trepa a tientas por la liana de la vida. Bajando las últimas escaleras atisba una figura sinuosa que reposa bañada por el resplandor de las farolas. Ella, mujer de cabellos dorados, esbelta figura y carita de armonía, cubierta por un vestido blanco. Ella, la vida entre la muerte, la alegría entre la pena, la caricia entre la cuchillada. Ella, la luz entre la sombra.

Sin poder articular palabra, se acerca torpemente hasta su posición, sacudiéndose el miedo con una sonrisa que rápido encuentra complicidad en un gesto dulce. Un beso florece de sus labios cortados, ansiando reposar en aquel rostro de terciopelo. Mueve las piernas con pausa para saborear el cúmulo de sentimientos que recorre su piel. Uno de ellos, la alegría, había sido desterrado hace años de su elenco. En su interior, la vela ha dado paso a una hoguera que abrasa y ciega.

Nada más degustar el arrebatador perfume que desprende su salvadora, instintivamente le propina un violento empujón desplazándola varios metros hacia atrás. Un estruendo que quiebra la noche lo despoja de consciencia y sus huesos dan contra el suelo. Un río de sangre y lágrimas discurre por la calle apagando paulatinamente cualquier atisbo de luz.

Familiares y amigos del difunto reciben la noticia del infortunio con sorpresa. Junto a su cuerpo, comparten pena y palabras vacías de recuerdo. “No somos nadie. Estaba en la flor de la vida“, murmuran. Ya no habrá cargos de conciencia entre aquellos que le abandonaron, tal y como había planeado en un principio, ni su voz retumbará amenazante en sus memorias. Sólo un frágil lamento por esa maceta que reclamaba no alterar el destino. La ignorancia combinada con el tiempo es una droga tan sutil que resulta imposible diferenciar la sobredosis de su extrema necesidad.

Tras dar el último adiós, todos se disponen a retornar a rutinas que no incluyen tiempo para pensar. Repentinamente, las nubes ahogan el sol, tiñendo el cielo de tinieblas. Una aparición luminosa levanta incesantes cuchicheos entre los rezagados. Vestida de blanco radiante, aquella mujer de suaves facciones esquiva miradas camino al reencuentro a quien había salvado de la muerte y después había muerto en sus brazos evitando que ella corriera su suerte final.

Se aferra junto a la lápida, descubriendo nombre y apellidos, y susurra emocionada. “Escapaste de entre la sombras para convertirte en luz”.

Dedicado con cariño a mi buen amigo Pito Espí.






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Fuentes de Inspiración:

El Último Pecado - Los Suaves (canción).
Siempre Igual - Los Suaves (canción).
Muerte Ven - Tahúres Zurdos (canción).

3 comentarios:

  1. Muy bueno, me ha encantado. Y ese final, sin duda es deslumbrante ; )

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    1. Me alegra, Ramón. Muy amable en tus comentarios.
      Saludos!!

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  2. Me gusta mucho el ritmo y las palabras que utilizas al narrar, he leído varios de tus relatos y me atrae mucho el modo en que eliges las palabras para conseguir un texto dinámico e inpactante en cada frase. Para mí eres toda una inspiración. Un beso.

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