16 de mayo de 2015

Singular Valérie

Los primeros rayos de sol se cuelan a través de la ventana para iluminar su figura bajo unas sábanas desgastadas que aparentan ser transparentes. Mira el reloj y sonríe: todavía quedan unos minutos para despertar. Tras una breve espera, las puertas del balcón se abren de par en par y aparece, como cada mañana, para dar los buenos días al mundo. Estira los brazos con dulzura realzando la firmeza de sus pechos mientras una brisa envuelve el resto de su torso desnudo. Un intenso color negro invade sus rizos salvajes propagándose por unas axilas pobladas y un sugerente pubis capaz de desquiciar a cualquiera. Hoy será un día maravilloso, parece musitar colmada de ilusión. Del tendedero recoge un uniforme blanco y unas bragas negras. Se viste y desaparece de mi vista.

No hace mucho tiempo que trabaja en el supermercado del barrio, sin embargo, Valérie pasa los productos a tal velocidad que los clientes no son capaces de embolsar la compra antes de informarles del importe. Aunque mantiene el tipo, se la intuye cierto nerviosismo cuando se forma una cola en su caja. En el desempeño de aquella tarea mecánica y rutinaria se la ve satisfecha. Se siente de utilidad y libre de preocupaciones innecesarias.
Puede que Valérie haya llegado a un sitio distante de lo que, quizá, indicaban los sueños de una joven con su potencial, pero el poder sobrevivir por sí misma ya debe considerarse un logro. Su trabajo en el supermercado no le deja mucho tiempo libre, ni un gran sueldo, pero sí el necesario para salir a tomar una copa de vez en cuando en los garitos de moda, desfogar su cuerpo sobre las pistas de baile y después, tal vez, exprimirlo contra otro cuerpo desconocido.
Valérie no suele prestar atención a las demás compañeras, lentas y cansadas, quienes apenas disponen de vitalidad para aguantar una hora de trabajo sin descansar y fumarse un cigarro. Tampoco hace caso a sus desprecios cortantes y sus críticas airadas por las que corre la envidia. Respeta a sus superiores e intenta preservar el buen nombre de la empresa, no obstante, ignora deliberadamente los posibles fraudes de los clientes. No quiere líos.
El trato de la muchacha es siempre amable y paciente. No se desespera ante el joven lampiño que se equivoca haciendo un recado, ni tampoco con la señora mayor que no sabe qué devolver por no tener suficiente dinero. Además, guarda las formas en intentos de conversación nimios de personas que reclaman la atención que no encuentran fuera y esquiva con suma delicadeza a aquellos que prueban a engatusarla. En el escaso intercambio de palabras, su voz destila un tono acaramelado que acompaña con una sonrisa complaciente que logra que el cliente se sienta reconfortado.
Ese juego, el de esquivar el anzuelo sin dar la sensación de rehuir despavorida del cebo, de vez en cuando no es bien comprendido por el incauto pescador. Es más, a pesar de que en términos de probabilidad cuantas más veces se lance y cuanto más grande sea el cebo, mayor será la probabilidad de que el pez pique; en el caso de Valérie las opciones de establecer un contacto más allá de enredos con bolsas de plástico, cambios mal dados y cupones de descuento continúan siendo nulas.
Uno de los aspectos que más turban de la joven, es sin duda la escasa familiaridad que percibe de los clientes habituales. Podría ser por la asepsia de su trato, la falta innata de habilidad para memorizar o bien la amnesia fruto de algún exceso, pero, aparentemente, Valérie no entabla ningún tipo de vínculo basado en la repetición. Una actitud opuesta a la de las personas que pasan por su caja, congratuladas de reencontrarse con la joven, con la falsa ilusión de que ella comparte su parecer.
–Buenas noches, bombón –dice el tipo al recibir la atención de Valérie.
–Hola, buenas noches, caballero –contesta ella devolviendo la mirada.
–Ya te queda poco para salir, ¿eh, guapa?
–Sí… Son 32,57 €. Gracias. ¿Desea usted pagar con tarjeta o en efectivo?
El tipo en cuestión es de tez blanquecina, ojos oscuros, mediana estatura y luce una camisa de cuadros informal. Recibe el cambio, su ticket y un afectuoso agradecimiento. Después de recoger su compra, se retira arrastrando la vista hacia la chica. Al salir del establecimiento, decide instalarse en la entrada ensimismado en sus pensamientos. Su semblante parece atesorar calma. De tanto en tanto lanza miradas furtivas para comprobar todos los movimientos que tienen lugar dentro del supermercado.
Nada más salir, el tipo se abalanza sobre Valérie con una seguridad inquietante. Ella se mantiene tranquila ante la repentina verborrea. Él mueve los brazos de manera ostensible mientras balancea el cuerpo de un lado a otro. Ella esboza una sonrisa, eleva las cejas y agita la cabeza ligeramente. No contento, el tipo toma la mano derecha de la joven insistiendo en su postura y ésta se despide con un lo siento. El abatimiento se cierne sobre el sujeto quien contempla cómo la chica desaparece entre las sombras de la noche a paso ligero.
Pasada la medianoche, Valérie tiende el uniforme en su terraza, se desprende de camisón y bragas y, como cada noche, deja que su precioso cuerpo sea por espacio de unos segundos bañado por la luz de la luna.

Fiel a su cita, Valérie acude a recibir el despertar del sol. Contonea sus generosas caderas en un movimiento que clama a la demencia al mismo tiempo que juega a dibujar espirales en su pelo con dos dedos. Parece divertida. Sus muslos redondeados conservan la tonalidad oscura de su piel. Sin previo aviso, la joven centra su atención en la ventana de en frente: se ha dado cuenta de que alguien la está mirando. Mas no se inmuta ante tal hallazgo y continúa atrapada en el giro de sus cabellos. Es plausible que no le importe ser observada y hasta pudiera agradarle. Una voz masculina la reclama desde dentro y en unos instantes la muchacha desaparece con el uniforme y unas bragas negras en la mano. Desde que la miro, es la primera vez que Valérie tiene a un hombre en su habitación. Aunque el reflejo del sol en el cristal resta claridad, se alcanza a ver cómo la pareja emprende una batalla corporal. Poco después, mientras tomo café, la voz de Valérie irrumpe con fuerza mediante un orgasmo sentido que se prolonga unos segundos.

A última hora, minutos antes de que cierre, vuelvo al supermercado. He de confesar que no tengo nada que comprar que no pudiera esperar unos días, pero quería volver a verla. Me he pasado todo el día rememorando los rincones de su cuerpo, recreando aquel orgasmo enérgico e imaginando sus artes sobre la cama. En su trato, no hay atisbo de que me haya relacionado con el suceso de la ventana. Cuando me voy a despedir de ella, aparece el mismo tipo de ayer. Salgo sin dar demasiada importancia a ese hecho, pero me invade la curiosidad y hasta cierto punto, he de reconocer, los celos ante cualquier detalle que haya dejado pasar inadvertido. De este modo, con cierto disimulo, sigo desde la calle una nueva tentativa estéril que Valérie acaba zanjando con aplomo.
Una vez emprendido el camino de regreso, observo cómo aquel tipo me sigue unos metros detrás. Acelero el paso nervioso, pero él se detiene en la esquina anterior. Guiado por el instinto, hago lo propio y espero medianamente oculto en un portal el devenir de los acontecimientos. Tras unos minutos, aparece Valérie y el tipo emerge de su escondite, la saluda y después de unas palabras caminan juntos. Para mi sorpresa, en lugar de seguir el recorrido hacia su casa, la muchacha toma otra dirección. Contemplo la escena desde una distancia prudencial desde la que soy incapaz de escuchar, pero distingo cómo la voz masculina monopoliza la conversación. En la puerta de una gran urbanización, Valérie decide parar y se despide apresuradamente. Parece alterada. No dispuesto a rendirse fácilmente, el tipo le implora que no se marche e insiste tomando su cintura. Intenta zafarse, pero al ver que no lo consigue emite un grito seco que logra liberarla. Ella entra a la urbanización y él se retira a punto de ser pasto de la rabia.
Vuelvo a casa contrariado: debería haber intervenido en la escena, o no. Quién sabe. Cuando estoy en el portal, Valérie aparece como una exhalación. Su respiración está agitada y su rostro desencajado. Sin mirarme directamente, me da las gracias por abrirle la puerta. Le pregunto si le pasa algo, ella lo niega con la cabeza y se dirige hacia su escalera. De nuevo, no parece haberme reconocido. Subo raudo las escaleras hacia casa y sin encender ninguna luz, ni hacer ningún ruido, me instalo de cuclillas en mi ventana aguardando a que aparezca, pero los minutos pasan y no hay rastro de ella. Tratando de conciliar el sueño, la imagino tan frágil, tan delicada, tan natural, tan hermosa, tan dulce y tan singular. Las horas pasan con un pensamiento clavado en mi mente: moriría por estar con ella.

A la mañana, Valérie no vuelve a asomar por su terraza. Las cortinas impiden ver su habitación. Se me hace extraño que no aparezca a nuestro encuentro, no concibo el día sin verla. Me pregunto hasta qué punto la experiencia de anoche la ha trastocado, el porqué de su reacción, el porqué se metió en aquella urbanización y si yo juego algún papel en ese puzle, en el que no soy ninguna pieza para ella. Quizá debería comprobar si está en casa, si necesita cualquier cosa o si quiere hablar. Pero, ¿qué puedo decirle? Mira, Valérie, te he seguido estas noches después del trabajo y he visto que otro tipo te sigue y trata de acosarte, además de contemplar con mucho gusto día y noche cómo te desnudas en la terraza y perturbas mis pensamientos. No, mejor no presentarse así. Puedo fingir haberme confundido de timbre o preguntarle si ha encontrado una carta extraviada. Sí. Me dirijo a su puerta, toco al timbre, pero nadie acude a mi llamada.

Necesito volver a verla, me he pasado el día pensando en ella. De esta forma, a la noche, acudo al supermercado. Hago una compra que no sea sospechosa de forma aleatoria: pepinillos de los gordos, lubricante, agua oxigenada y toallitas húmedas. Una vez en la caja, descubro a una Valérie ausente. No despacha más de un par de palabras con la voz apagada. A diferencia de otros días, no hay ningún cliente importuno detrás de mí. Concibo la posibilidad de aguardarla a la salida o fingir un encuentro casual en el camino, pero desisto por riesgo de profundizar en la herida.
Antes de llegar, descubro que el tipo que la persigue aguarda en el portal. ¿Qué hace allí? ¿Estará esperando a Valérie o tal vez a mí? Me propongo alertarla antes de que llegue, pero me encuentro otra vez en la coyuntura de no formar parte de este entuerto. Así que opto por lo más sensato habitual en mí: busco un buen lugar que me permita estudiar la acción sin ser visto y, a la vez estar alerta en caso de que las cosas se pongan feas. En cambio, la espera se dilata y la muchacha no hace acto de presencia. Hoy, sábado, Valérie debe estar disfrutando del frenesí de la noche parisina o pasando el trago con alguien de confianza. El tipo no parece inmutarse por la demora y se mantiene firme en su posición. A punto de retirarme a dormir, con poco menos de dos horas para ver amanecer, emerge una Valérie serena de entre la oscuridad. Aunque se percata de la presencia del tipo, su rostro no se altera lo más mínimo. Lo saluda con dos besos, conversan un rato en un tono distendido para, finalmente, invitarle a pasar dentro.
Desde mi ventana no consigo ver gran cosa, parece que hay luces que provienen del salón. Mientras doy cuenta de los pepinillos –cabe reseñar que no he cenado aún–, escucho cómo los gemidos escandalosos de Valérie se tornan en aullidos. No logro entender la situación, ni el comportamiento de mi vecina cajera. Tampoco puedo dormir. Me torturo con cada uno de sus suspiros furiosos de placer que se introducen en mí como navajazos que destrozan mi corazón. Para más inri, tengo la sospecha de que, con algo más de valentía y un poco de tacto, la suerte de aquel malnacido podría haber sido la mía.

Despierto bañado en sudor con el recuerdo vivo de una horrible pesadilla. Hacía un calor asfixiante y un desconocido no paraba de gritar. Mientras tanto, Valérie merodeaba la escena divertida, ajena a cualquier sufrimiento. Entretanto se acercaba a mí, me sonreía y me acariciaba con sosiego. La temperatura se disparaba hasta lo inhumano y los gritos perforaban mi tímpano. Por fortuna, tratando de recuperarme del susto, diviso a Valérie de nuevo en su terraza visiblemente relajada. A pesar del odio que he acumulado contra ella durante la pasada noche, no puedo evitar admirar su belleza innata y deslumbrarme con la magia de todas las curvas que conforman su cuerpo. Sus nalgas tostadas parecen indicar el camino a la perdición. En cierta forma, me alivia no vislumbrar rastro de aquel tipo. Desaparece junto a su emergente alegría sin saber yo que ésta es la última vez que tiene lugar nuestro tórrido encuentro. A los pocos días otra es otra mujer la que pasea por la terraza y, por desgracia, no tiene el magnetismo de Valérie, ni su naturalidad sobre el concepto nudista.
Tras un período sin visitar el supermercado para evitar verla y así airear mi enfado, acabo por volver y descubro que Valérie no está en su puesto. Podría haber cogido vacaciones o haber cambiado de turno, pero la realidad es que ya no trabaja allí. Con reservas me tengo que tragar mi orgullo para preguntar por su paradero. Dejó el trabajo, así de repente, me dijeron. Intento tirar un poco más de la lengua a una de las cajeras de rostro amargado, pero solo añade que no le quieren bien.

Tiempo después, me percato de que he bajado mucho de peso, sufro insomnio, se me cae el poco pelo que me queda y paso todo el día entre la inquietud y la pena. Miro una y otra vez su antigua terraza por si le da por volver, reproduzco en mi mente su figura, la cual comienzo a confundir. Aun no ser de esa clase de hombres, lamento profundamente no haberle hecho alguna foto o vídeo. Descartado que sea yo una especie de pervertido, es probable que responda al clásico cuadro clínico del enamoramiento estúpido. No sé cómo, pero debo encontrar a Valérie.
Pruebo a recabar información entre sus antiguos compañeros de piso, pero no saben dónde ha ido y no disponen de ningún tipo de contacto. Al parecer, no han tenido una relación fluida, ya que siempre fue una chica muy extraña, reservada con su intimidad, un alma indomable. La única alternativa que me queda es la de visitar todos y cada uno de los garitos del Barrio Latino, una zona de ocio nocturno en la que alguna noche me la he cruzado. Sin perder la esperanza y dilapidando mis escasos ahorros, me hago habitual entre las barras de aquellos bares. Me convierto, eso sí, en un experto catador de ginebras a la salud de una Valérie que se me escabulle. El tiempo pasa, las miradas de aprensión que me dirigen los jóvenes comienzan a incomodarme hasta el extremo y las cuantiosas resacas pasan una factura considerable a mi maltrecha salud.

Estoy a punto de desistir, cuando, paseando cerca del centro, la encuentro entrando a una pequeña tienda de perfumes ostentosos para señoras. Luce un elegante traje de chaqueta rosa y su inagotable sonrisa para atender a la clientela. Atrás ha dejado su presencia desgarbada: se ha alisado una larga melena, utilizaba maquillaje y ha reducido un poco su peso. Aun así, sigue siendo idénticamente hermosa. Escojo uno de los perfumes al azar y voy veloz hasta ella.
–Es…, un regalo… Para…, una amiga –le digo esquivando su asombro.
–Gran elección, caballero. Seguro que acierta –me responde con su tono dulce y reparador–. Son 219 €. Gracias. ¿Desea usted pagar con tarjeta o en efectivo?
Es evidente que en unas semanas recibiré notificaciones nada halagüeñas por parte de mi banco, pero ¿qué importa? Aprovechando que no hay nadie más en la tienda, procuro entablar una conversación con Valérie. Haciendo gala de su habilidad innata, rehuye con sensibilidad mis irresistibles poderes para la seducción y se excusa para retirarse a otros menesteres. De esta forma, comienza mi espera en la puerta hasta el cierre.

–Valérie, querida, tengo que hablar contigo –le asalto nada más verla salir.
–Dime –responde ella con complicidad.
–Pues… Mira…, resulta que yo… y tú. –He estado esperando tanto tiempo este momento que no puedo fallar. Tomo aire para sacudir los nervios y observo sus ojos brillantes–. Valérie, estoy enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Una vez te perdí y he tenido que recorrer todo París hasta encontrarte. Sé que, aunque lo ocultas, tú también me deseas y huiste porque…
–Disculpa, creo que te confundes –interrumpe ella con total rotundidad. Su gesto se vuelve serio y se escapa veloz sin volver a mirarme. Soy consciente de que es una locura, pero esta es la última oportunidad. No la puedo dejar marchar.
–Valérie, por favor, ¡escúchame! –insisto a la vez que tomo su mano tratando de frenarla–. Podemos ser felices juntos, ¿es que acaso no nos lo merecemos?
Tras un leve forcejeo, grita y opto por dejarla marchar. No soporto verla sufrir de esa manera. En sus ojos he visto el miedo y en su cuerpo he sentido la fragilidad. Poco a poco desaparece Valérie de mi vista. Mi sueño se desvanece como un terrón de azúcar en medio del mar. Regreso dolido por haber emprendido una búsqueda estúpida, por haber tratado a Valérie como lo habría hecho un vulgar acosador y, especialmente, maldigo mi suerte.
Apenas unos metros antes de llegar, una imagen me sacude por dentro: Valérie espera frente al portal. Dudo por un momento en esconderme o dar la vuelta, no podría soportar someterme a sus ojos. Sin embargo, ya me ha divisado y parece indicar que vaya hasta allí. No se atisban posos de rencor o tristeza en su conducta.
–Perdona si antes me he comportado como una paranoica –me dice mostrando su arrepentimiento–. Lo siento… Una vez…, yo…
No hacen falta más palabras. En un ademán de suficiencia, la abrazo tratando de consolar su pena y le cedo mi pecho como paño para sus lágrimas. Sin más dilación, acepta mi invitación de subir a casa para charlar. Tristemente, compruebo que no tengo gran cosa que ofrecer: media botella de vino y unos pepinillos. Como un buen galán, dejo que desahogue y escucho paciente su relato. Su vida está enhebrada con quebrantos y sólo a base de coraje ha podido labrar su propia existencia sin ninguna ayuda. Paulatinamente, voy sintiendo los efectos del alcohol, quizá demasiado para ser media botella. Valérie, por su parte, se muestra cada vez más cercana y juguetona. De repente, se levanta del sofá y comienza a entonar Non, Je Ne Regrette Rien acompañado de un vaivén de caderas pausado, suave y letal. No hay forma de esconder mi excitación ante sus ojos, pero cuando estoy decidido a besarla, pide cerillas y un cigarro. Al volver con el recado, la encuentro desnuda ataviada únicamente con aquellas bragas negras y desbocada se abalanza sobre mí.
Degusto la humedad de su lengua a cada zarpazo de placer, mientras ella me desviste con furia y pide que la conduzca hacia la habitación. Me lanza sobre la cama y comienza a devorar todos los rincones de mi piel. Intento acariciar su cuerpo, pero ella apacigua mis ganas pidiéndome que espere.
–Ahora, vamos a jugar a un jueguecito... –me susurra en la oreja consiguiendo que se estremezca toda mi piel.
De su bolso saca un fular para vendarme los ojos y dos esposas que me encadenan a las rejas de la cabecera de mi cama. Me quita el calzoncillo y agarra mi pene erguido hasta introducirlo en su vagina. Aprieta las caderas y me embiste con fuerza una y otra vez. Ella gime sobre mí cada vez con más pasión hasta completar un orgasmo salvaje. Se aparta de mí y sus manos y su lengua incitan la excitación a través de un masaje que recorre mi pecho, vientre y muslos formando circunferencias y espirales deliciosas. Sin duda ha merecido la pena todos los tormentos y los desvelos para llegar hasta la singular Valérie. En cierto punto, para en busca de algo y retoma el juego con un aceite frío. Su olor es intenso y su tacto es ligeramente viscoso.
–Valérie, ¿qué crema es esa? –cuestiono ante un olor cada vez más fuerte.
–No te lo tomes como algo personal, es algo que hago con todos los que son como tú –responde retirándome el fular de los ojos. Mientras ella abandona la casa a toda prisa, las llamas se avivan alrededor del colchón. Estiro con fuerza de los grilletes, pero el esfuerzo resulta inútil y el fuego comienza a devorar mi cuerpo bronceado en gasolina.
Tal y como lo había soñado, el calor y los gritos se intensifican sin límite, y Valérie, la singular Valérie, recorre mis pensamientos con fervor.

Relato presentado a X Concurso de Primavera de ¡¡¡Abrete Libro!!!

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