7 de julio de 2015

Vida Perra

Algunos de los pensadores más brillantes de todos los tiempos sostienen que la vida puede ser maravillosa. Sin embargo, muchos de ellos omiten que también la vida puede ser muy perra. Desde bien pequeños nos marcan una línea dirigida hacia el éxito y la felicidad, conceptos que vienen prefijados y encarnan acciones como estudiar una carrera, tener una pareja estable, hipotecarse, casarse, tener hijos, veranear en un cubículo minúsculo de Benidorm o Torremolinos y, finalmente, ser destripados por sus vástagos mientras el tiempo corre fuera de las ventanas de una paradisiaca residencia de ancianos, en el mejor de los casos. Nos dan unas pautas que se basan en el tener más y ser mejor que nadie, ¿pero qué hay acerca de la mediocridad y la frustración? Silencio, vacío. Nada.

Arístides Dichado sabía perfectamente lo que era la decepción profunda, vivir en desdicha continua y la lucha contra un enemigo invencible: la vida perra. Desde joven encaminó su existencia a ser un personaje grande. Entre algunos de sus proyectos estaba el de escribir libros trascendentales, ofrecer conferencias en universidades por todo el mundo, ostentar un cargo político de envergadura, perdurar por los siglos en los libros de historia, acostarse con modelos de generosos pechos, viajar a la luna, ir en bólido al trabajo y, como no, tener un mayordomo que le ayudara a vestirse por la mañana y que le masajease los pies a la noche.

Aunque Arístides dedicó gran empeño en formarse y proyectar una sólida imagen de sí mismo, los colmillos afilados de la vida fueron cortando las alas de aquellos sueños cándidos. Después de recibir numerosos rechazos para publicar una primera obra literaria más que prometedora, al cabo de unos meses fue publicada bajo el nombre de un célebre autor que vendió millones de copias. No hubo opción a pleito, pues el pobre Arístides Dichado confiaba en la honestidad de las editoriales y nunca registró la obra. Su carrera en la política fue más que efímera, al ser repudiado por los grandes partidos al aprobar el test de honradez. También probó suerte en la empresa privada, pero estaba sobrecualificado para cualquier puesto de becario, así que tuvo que falsear su currículum para trabajar de repartidor de pizzas en una conocida y deplorable multinacional. Su relación con las modelos exuberantes se reducía a un par de palizas recibidas a manos de simpáticos agentes de seguridad que habían disuadido cualquier pretensión sentimental de Arístides.

Durante el último año recibió una gran noticia: la Real Academia Española le había pedido una fotografía reciente para incluirla junto a las definiciones de fracasado y pringado en la nueva edición de su diccionario. Así pues, con la ilusión cubierta de babas de la perra vida, Arístides optó por aceptar su destino y hacer una vida mediocre sin ningún tipo de pretensión. A decir verdad, entre medias intentó suicidarse diversas veces, pero sus tentativas fueron en vano: tenía una infame habilidad para la cabuyería, la sobredosis de pastillas le produjo una colitis de campeonato, le fue denegado el permiso de armas y en su ciudad no habían puentes ni edificios altos.

Cierto día de verano, Arístides sudaba como un animal –sufría de hiperhidrosis aguda y no tenía dinero para operarse– mientras miraba a la gente pasar a través de la única ventana de su apartamento y maldecía su aparente felicidad. Cuando volvía de coger un paquete de ensaladilla del congelador y situarlo bajo la axila, encontró a una extraña presencia sobre su sofá. Era un tipo largo, escuálido, de cabello rojizo como el fuego y unos ojos enormes. Estaba desnudo y su rostro denotaba cierto divertimiento al ver a Arístides.

–Maldita sea, un pervertido. Lo que me faltaba –dijo Arístides, casi sin inmutarse–. ¡Lárgate o llamo a la policía!
–Tranquilo, colega. Soy El Karma, aunque mis colegas me llaman Kar.
–Pero, ¿qué dices, colgado? Si has venido a vender libros ya te puedes estar marchando.
–Tranquilo, tío, seré breve: revisando tu historial he encontrado que estás llevando una vida que no se corresponde con tu karma. Estabas destinado a ser un tío grande, a triunfar, a partir la pana. Así que si me firmas este documento, en el cual te comprometes a perdonar mi error y un par de cosillas más sin importancia, te devolveré a la vida que te correspondía. ¿Alguna pregunta, colega?
–¿Por qué vas desnudo?
–Soy El Karma y El Karma hace lo que le sale de los cojones.

Tras firmar los documentos, el apartamento de Arístides comenzó a dar vueltas y a proyectar cientos de colores en la pared. Al detenerse, los muebles de ocasión de Ikea dieron paso a unos elegantes de madera de zitán y su pequeña chabola se transformó en un apartamento con todos los equipamientos lujosos e innecesarios que existían en el mercado. Desde una de las habitaciones un par de bellas mujeres gritaron al ver a Arístides y tiraron de él entre risas mientras le frotaban sus senos. Antes de lanzarse al jacuzzi y descorchar una de las botellas de champán que había en el borde, un hombre trajeado entró en la sala a toda prisa.

–Señor, siento informarle que debe dejar sus menesteres personales con esas furcias y vestirse rápido. La policía ya está preparada para su traslado.
–¿Cómo? ¿De qué se me acusa?
–Sí claro, ahora hágase usted el sueco. De todo un poco: tráfico de influencias, malversación, cohecho, apropiación indebida, blanqueo de capitales, evasión fiscal… Menuda juerga se han dado, pero al menos lo han pasado bien. Le echaré de menos, señor ministro.

Desde un apartamento cochambroso, diez minutos antes de entrar a trabajar en la pizzería, El Karma miraba la televisión. Un Arístides conmocionado ingresaba en prisión entre abucheos y preguntas de cientos de medios de comunicación. Antes del intercambio, El Karma había hecho gestiones para que el módulo de Arístides dispusiera de una habitación individual, marisco de buena calidad, gimnasio con entrenador personal y derecho a vis a vis cada tres días. El presidente del gobierno tendría la deferencia de mandarle ánimos y asegurarle que saldría a la calle en unos meses, mientras una prestigiosa editorial le ofrecería publicar sus memorias asegurándole que sería éxito de ventas para las próximas navidades. Para tranquilidad del Karma, a Arístides Dichado no le costaría mucho habituarse a aquella vida perra.



Epílogo:
Encaramado a las tetas de la perra, la parte más dulce a la par que salvaje de la vida, Arístides Dichado saboreó por primera vez la verdadera libertad tras su reclusión. Habían sido meses de pena y amargura tan solo endulzados por el extenuante calor de las bañeras de agua termal, el agotamiento de los partidos de paddle contra el nuevo ministro, las pesadas presentaciones de su biografía por todo el continente junto a sus respectivas fiestas en grado de libertad sin apenas vigilancia. Pero, sin duda, lo peor de aquel cautiverio entre rejas había sido el ser esclavo de las artes de dudosa moral de unas mulatas despampanantes que nunca lo liberaban antes de ver amanecer.

Frente a las dependencias policiales, aguardaba El Karma ataviado con un taparrabos y luciendo una melena verdosa. Tras el intercambio, Kar había aprovechado su olfato can para los negocios emergentes para introducir un ingrediente secreto a las pizzas a medio descongelar que su empresa le mandaba despachar con la moto. Cada domingo, antes del amanecer, se acercaba al último muelle del puerto donde sus socios le entregaban un cargamento de hongos marroco-holandeses, sustituyendo así a los clásicos champiñones enmohecidos. No tardó en correrse la voz, las ventas se multiplicaron por mil entre la juventud y los ancianos, especialmente, y El Karma fue ascendido a responsable del teléfono, además de sus comisiones externas.

El Karma notó que Arístides había envejecido de forma inversa y hasta pudiera decirse que le pareció un poco menos incómodo para la vista que la última vez que lo vio. Instantes previos a que Arístides pudiera reconocerlo, Kar se abalanzó hacia él para abrazarle y le indicó sonriente que entrara a un lujoso monovolumen.

–Arranca, ¡a toda prisa! –Indicó el Karma a un hombre trajeado, para después dirigirse a Arístides–. No ha estado mal, ¿eh colega?
–¿Mal? ¡Ha sido la hostia! ¿Tú sabes la de…?
–Sí, sí… –interrumpió con brusquedad–. Su Majestad es una garantía para estos contratiempos. Verás, Arístides, no tengo mucho tiempo que perder. He vuelto a revisar tu historial y es rotundo: por más que te esmeres, no estás hecho para triunfar. Me equivoqué, lo siento. ¡Recuerda, cógete bien al manillar!

Entonces, El Karma rompió en pedazos el contrato que Arístides firmara meses atrás y todo su alrededor comenzó a girar a un ritmo frenético, dando lugar a una tormenta de colores y estrellas. Al acabar de girar, los asientos de cuero dieron paso a un sillín despedazado de una moto de reparto. Con la mente todavía nublada, instintivamente, Arístides sostuvo el manillar a la par que divisaba un control de la guardia civil a escasos metros, que le daba el alto de manera cortés.

Desde la celda de una mugrienta prisión, despellejado por las garras de la vida perra, despedazado por su mandíbula, roído por ese aliento abrasador, Arístides se abanica los sobacos empapados con un periódico de páginas amarillentas. En la portada se anuncia a bombo y platillo que el antiguo ministro, tras un paso por la cárcel que lo había transformado en un hombre nuevo, se postula como candidato a la presidencia del gobierno, siendo éste un fiel garante de la regeneración democrática que ejemplifica su partido. Las encuestas apuntan que el pueblo está con él.


Arístides no se lamenta por ser torpe para la cabuyería, ahora sólo le interesa la medicina veterinaria. Se especializará, piensa, en anestesiología de grandes animales.

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