31 de enero de 2016

La Abolición De La Autocrítica

Cada día que pasa se hace más evidente un secreto diabólico: la R.A.E. ha borrado de su diccionario la palabra autocrítica. Según sus miembros, la institución, que “tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes”, ha procedido a eliminar el término al haber quedado en desuso. Fuera del debate de si es o no una buena decisión a nivel lingüístico por aquello de conservar la identidad y riqueza del idioma, lo cierto es que la supresión de la autocrítica supone un alivio para una gran parte de la ciudadanía, independientemente de su condición social. De esta forma, no sólo se permite, sino que está bien visto afilar el morro sin ningún tipo de pudor para disparar dardos dialécticos contra todo y todos.

Aunque existe un despreciable riesgo de molestar a otras personas con reproches bienintencionados, infundios sin malicia o cariñosos insultos, no hay que perder de vista que todos los cambios se hacen para bien y éste no podía ser menos. Metiendo el dedo en el ojo de los demás, señalando sus errores, cuestionando decisiones sensibles, conseguimos disimular las miserias propias, ventilar la mierda del de enfrente para que la nuestra parezca eau de rochas y lo mejor de todo: pasar por seres pluscuamperfectos que nunca se equivocan, que fueron tocados por una varita divina en algún momento de sus ejemplares vidas y que aguardan turno para la beatificación o ascender al mismísimo Olimpo.


Nada más levantarme de la cama, enciendo la radio y en menos de un minuto ésta ofrece gentilmente un botón de muestra. El programa matinal entrevista a un humilde representante de una agrupación política honrada. A la pregunta de qué opinión le merece el último caso de generosidad manifiesta de su partido en forma de donaciones a unos necesitados, el entrevistado elude la cuestión y se centra en los casos de generosidad del partido contrario. Durante su intervención, muestra un manejo superlativo de la tercera persona en sus formas singular y plural, así como un amplio rango de adjetivos descalificativos. Prosigue con los sólidos argumentos del no porque no, la herencia recibida y el no había más remedio, para finalizar con una minuciosa y objetiva interpretación de datos que avalan su gestión. Aunque me congratula la oratoria del representante, y hasta podría decir que nace en mí cierta empatía al dar cuenta del linchamiento al que el pobre hombre se ve sometido, me siento vacío. Parece como si faltara algo, como si el acto comunicativo de la entrevista no estuviera completo. Acaba la intervención y es entonces cuando lo entiendo: la periodista ha formulado todas sus preguntas de forma errónea. Debería haber incidido menos en el sufrido invitado y haberse centrado en los demás. ¿Es que acaso la muy ilusa esperaba arañar un ápice de autocrítica?
Pese a patinar de vez en cuando, el estamento periodístico también celebra con fervor la abolición de la innombrable palabra. Mientras en el coche remarco sutilmente con mi nuevo claxon –el tercero de este mes– la inutilidad manifiesta de la mayoría de conductores, compruebo la versatilidad que ofrece el boletín de noticias. Según la conveniencia del financiador del medio, se relativizan ciertas informaciones, magnifican otras que afectan al rival, eluden las que hablan de ellos mismos y crean realidad más propia de una novela de ficción. Sin ir más lejos, cuando acabo de reprender educadamente a un imprudente conductor que no se aparta para dejarse adelantar por el arcén, el locutor interrumpe la programación con voz solemne para anunciar una exclusiva de impacto. Resulta que un destacado miembro del gobierno –el mismísimo encargado de servirle los cafés al subsecretario de pesca con mosca– compra pan donde suele hacerlo un miembro de una banda criminal que trafica con armas, mujeres, drogas y gatos chinos de la suerte. Una anciana, clienta habitual de la panadería, vio con sus propios ojos cómo dicho político le dirigió un buenos días al delincuente. Queda así demostrada la estrecha conexión entre el Gobierno y la banda. La radio anuncia que la entrevista con la anciana testigo se prolongará durante toda la mañana. Por su parte, ante los graves sucesos, la tertulia reclama encendida una tajante condena de todo el Gobierno, la disolución del partido que lo apoya y que el destacado miembro, acusado y juzgado, arda en una hoguera en la plaza mayor. En el improbable caso de errar, debido a la solidez de la información y la fiabilidad de las fuentes, no dudo en que la trascendental práctica de la pesca ocuparía horas de debate y consumiría ríos de tinta estableciendo sesudas conexiones que desacrediten al partido.

Más tarde, a la llegada al instituto me encuentro con el director. Me muestra su preocupación por las quejas que le trasmiten los alumnos en cuanto a mi forma de impartir clase y las pésimas notas obtenidas en el último examen. Pobre iluso, el apartarse de la docencia le hace ignorar dónde radica el problema. Argumento la falta de motivación de los jóvenes, lo mal que vienen preparados y que, aun así, demasiado esfuerzo hacemos con gente que empobrece la calidad del oxígeno que respiramos el resto. El director asiente ante mis irrefutables argumentos, se disculpa y se retira a echar la siesta matutina a su despacho. Yo por mi parte, envalentonado, le mando al carajo cordialmente y me anoto mentalmente llegar cinco minutos más tarde para no encontrarme con él. Ya en clase pongo todo mi empeño en la formación de los jóvenes: insisto en su nula capacidad, les advierto de sus inexistentes posibilidades y les aconsejo, de forma sincera, que se busquen un agujero donde esconderse eternamente. Durante los últimos cinco minutos repasamos algún que otro autor. Como es de esperar, los muchachos demuestran no tener la más remota idea. A pesar de mi férrea voluntad, así es imposible.
Salgo de la agotadora jornada del instituto, paso por el bar a tomar unos tragos y llego a casa molido. Me desnudo y me tumbo en el sillón del jardín a leer. Dentro de mis variadas diversiones,  destaca la de devorar grandes clásicos mientras una brisa acaricia todo mi cuerpo. Tras unos minutos de tranquilidad, la hipocresía me interrumpe súbitamente. Los vecinos que pasan por delante de la casa me contemplan y se quejan de mi libre e inofensiva forma de disfrutar de mi tiempo de asueto. Soy incapaz de entender ese tipo de críticas. No soporto a la gente que defiende la libertad individual y no respetan que cada uno viva su vida de la mejor forma que estime.
Pero lo más macanudo ocurre después, cuando mi señora esposa llega a casa y comienza a cuestionar el por qué la casa está hecha un desastre, por qué el jardín parece una jungla, por qué llevo sin arreglar la puerta del garaje más de dos años y por qué voy desnudo. ¡Qué fácil es criticar a los demás sin mirarse a uno mismo!, le contesto. Pero, ¿qué hay de la cena sin hacer, la ropa limpia humedeciéndose en la lavadora o la tarjeta de crédito al descubierto en la primera semana del mes? De manera educada le pongo a mi mujer en situación y ella me manda al carajo. Grita enfurecida una serie de improperios que no merece la pena repetir y en cierto punto comienzo a asentir sistemáticamente. Relajadamente le explico que no pasa nada por equivocarse, que hay que aceptar la crítica sin más y pensar en mejorar. Fuera de sí, ella me manda al cuerno de nuevo. Con gente que ni tan siquiera se plantea encontrar sus errores no merece la pena discutir. Desolado ante la falta de crítica que veo a mi alrededor, me cuestiono si la sociedad no se habrá equivocado al eliminar de su vocabulario la palabra autocrítica y si la R.A.E. no habrá tomado su decisión a la ligera.


En cuanto a mí, firme defensor y practicante de la autocrítica, sólo puedo decir que soy una persona de lo más normal, consciente de mis errores, como los demás. Acepto que no soy perfecto, al igual que todo el mundo. Soy una víctima más del injusto sistema. Celebro y critico a partes iguales, por tanto, la abolición de la autocrítica.

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