18 de diciembre de 2015

Pedagogía Sobre Impuestos

Durante la recta final de campaña los partidos aceleran y ponen en marcha toda la maquinaria en busca de ese último voto indeciso. Indeciso, obviamente, porque en cuatro años ha estado tan ocupado que no ha tenido ni un solo segundo para encender la radio, leer la prensa, ver la televisión, navegar por internet, salir a la calle a por el pan o, en el mejor de los casos, porque tuvo la fortuna de ganar un sorteo para pasar la legislatura entera en una isla desierta con un collar hawaiano al cuello y poniéndose tibio de mojitos.
Algunos políticos, después de un período de encierro forzoso sudando la gota gorda por levantar el presente y futuro del país, discutiendo permanentemente entre ellos y llegando a acuerdos vitales, accesibles al eludir un despreciable murete de asesores, guardaespaldas o pantallas de plasma, se lanzan a las calles y descubren los beneficios de la luz solar a diferencia de la de los focos y del aire fresco en detrimento del acondicionado. Luego, pasa lo que pasa: el desconocimiento de la calle entraña ciertos peligros.

En la tesitura de tratar de convencer al sufrido y confuso elector, los políticos no vacilan en mostrarse como verdaderas estrellas de rock dejando que el ciudadano se fotografíe con ellos en modo selfie, muestran que poseen intactos ciertos rasgos de la condición humana como el de tener sentimientos, juegan al pin pon en el ente público dentro del palacete de una estrella de la ranchera en el panorama internacional, bailan coreografías que suponen un nuevo desafío a las leyes de la gravedad y el clásico, cómo no, prometer hasta meter. En esta última parte, el confiado votante, de buena fe, muestra una inteligencia felina al obviar la segunda parte del dicho, aunque sería arriesgado descartar la amnesia debido a las vacaciones paradisiacas.
Esta semana tuve el placer de percatarme por mí mismo cómo funciona la infranqueable maquinaria de los partidos y cuán convincente es. Recorría tranquilo las calles del centro de la ciudad cavilando la secreta estrategia con la que las anchoas se habían apoderado de los campos de olivos hasta meterse dentro de las aceitunas cuando de repente me vi sorprendido por un tumulto de gente que se agolpaba alrededor de un stand teñido de una tonalidad azulada. Se trataba del partido azul, una organización tradicionalmente política caracterizada por defender los valores de la gente de bien que se había reconvertido en una organización de caridad activa. Dicha organización también se caracterizaba por defender la concepción de la vida, las tradiciones religiosas y los intereses de la familia: el interés del primo que tenía una empresa de construcción en edificar en una arboleda milenario que no daba rendimiento, el del cuñado que ideaba unos productos financieros de mayor rentabilidad que un plazo fijo sin riesgo apreciable y el del sobrino rebelde que había encontrado un puesto de trabajo en una empresa que subcontrataba el ayuntamiento.
Independientemente de esas nobles convicciones, celebré emocionado el paso del partido a la acción social, que a través de sus simpatizantes repartía dulces navideños a los ciudadanos de a pie y gorros y globos para los más pequeños, impregnando al pueblo de un poco de espíritu de navideño. Una lágrima emocionada surcaba por mis mejillas, los votaré en las elecciones, pensé, y hasta trataré de convencer a mis círculos para que me sigan.
De esta forma, como humilde ciudadano, me dirigí a los responsables para poder reclamar mi dulce navideño, mi globo azulado, unos folletos informativos y, si podía ser, un póster a tamaño real del candidato de mi circunscripción para poner en el salón, encima de la televisión. Los presentes, ataviados con prendas sencillas que recogían las sensibilidades de un orden de diez o doce razas de animales distintos en forma de piel, se mostraron encantados y me pidieron a cambio un pequeño favor: una firma para reclamar la supresión del impuesto sobre sucesiones y donaciones. Sin pensármelo dos veces, firmé y en unos segundos estaba devorando el exquisito mazapán ataviado con un gorro de Papá Noel azul, sujetando el globo con la otra mano y un centenar de folletos entre mis piernas mientras un popurrí de villancicos embriagaba mis oídos y la alternancia de luces de los negocios se reflejaban en mis ojos de elector decidido.
Malditos burócratas que cosen a la gente humilde con impuestos absurdos y, en este caso, recurrentes, reflexioné tratando de no atragantarme. Lo único que están consiguiendo es ahogar a las familias trabajadoras y de esta forma reducir el consumo con la consecuente ruina del empresariado del país, motor de la recuperación económica y baluarte de la prosperidad y el desarrollo. Además, para mi fortuna y la de mis compatriotas, pude constatar que el partido azul no sólo se lanzaba a las calles para encabezar la presión popular contra los impuestos absurdos, sino que prometía bajarlos todos.


Horas después, mientras dormía, me sentí terriblemente indispuesto: tenía un extraordinario dolor de barriga que se propagaba con violentas sacudidas en el abdomen y una intensa calentura inusual. Heroicamente, llegué al servicio de urgencias sobre mis dos piernas y apoyándome de vez en cuando con los dos brazos en el suelo. Allí, después de un par de terribles horas de espera, expuesto a mortales infecciones, me atendieron de aquella manera y me despacharon rápidamente diciendo que sufría los síntomas de una intoxicación alimentaria y que se iría naturalmente al expulsarlo con previsibles síntomas de colitis aguda. ¡Menudo diagnóstico, menuda atención! Sin duda, la sanidad de este país estaba hecha unos zorros.
Indignado, me fui a las urgencias del médico de pago y en unos minutos, sin colas y sin riesgo de desarrollar ninguna enfermedad adicional, tras rellenar una serie de solicitudes, acreditar mis datos bancarios, dar las huellas de los dedos de mis manos y de los dedos de mis pies, el centro procedió a hacerme unos exámenes con rayos, un escáner, un electro, un blanqueamiento dental y una buena manicura. Después de completar el proceso rutinario, me dieron el verdadero diagnóstico: dolor de panza, cagalera de campeonato y un par de muelas picadas. Feliz por haber burlado a la muerte con estoica entereza, pagué la factura y pedí cita para la cuestión dental.

Cuando creía saberlo todo, la vida me había dado una gran lección: la salud no tiene precio. Aunque es probable que tenga que aguantar el mes reduciendo lujos que no me puedo permitir, sin vivir por encima de mis posibilidades, he de recalcar que eso sí que era un dinero bien invertido y no ese que inútilmente se iba para impuestos.

4 comentarios:

  1. Ole, ole. Si no te importa, te comparto en Caralibro, compañero.

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    1. Por supuesto, José, pero solo porque eres tú!

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  2. jajaja ADESLAS ha patrocinado este blog seguro! Me ha gustado mucho figura!

    A la gente le falta mucha pedagogía sobre impuestos. A mi el primero. Pero tengo claro que las AAPP autonómicas deben tener corresponsabilidad fiscal.

    El impuesto de Sucesiones y Donaciones, aunque de regulación estatal, la tarifa la marcan las autonomías. Esta muy bien quejarse a papa Estado de que la financiación es pésima y por otro lado hacer reducciones a la base imponible del impuesto que supongan no tributar nada por ello. Los servicios públicos no se financian con mazapanes en las puertas de ningún centro comercial!

    En fin, gracias por esta bocachanclada porque si ha servido para remover alguna conciencia bastante has hecho ya!!!

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    1. Me alegro mucho! Como señalas, en este caso la reivindicación iba hacia el gobierno autonómico. Sobre lo de los mazapanes, yo pensaba que así se financiaban los servicios públicos.

      Gracias a ti por leer y comentar! Prometo estarte agradecido!!

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