7 de enero de 2016

No Te Lo Perdonaré Jamás

Como colofón a la Navidad, ese período en el que se conmemora el nacimiento de nuestro Señor, es tradición celebrar la adoración de los tres Reyes Magos. Tal y como precisan de manera rigurosa las sagradas escrituras, el trío viajó en camello desde Oriente a Belén para obsequiar al recién nacido hijo de Dios con mirra, incienso y oro, con la precisa guía de una estrella que les marcaba el camino. Años más tarde, rebosantes de ese espíritu navideño de generosidad para con los demás y cargados de buenos propósitos, con las arterias desobstruyéndose por la ingesta de jamón de pata negra, los niveles de ácido úrico tornando a la normalidad y el sacacorchos resoplando ante el esfuerzo de días sin descanso, se conmemora el evento en forma de cabalgata que tanto esperan los más pequeños y también los más grandes.
En el desfile, los Reyes Magos se abren paso subidos a enormes carrozas mientras su séquito reparte un poco de ese espíritu carente en nuestra sociedad a base de caramelos de sabores. Entretanto, el pueblo se lanza a las calles en masa y muestra ese arrojo de fraternidad navideña rivalizando por preciosas muñecas, balones de playa de prósperas y caritativas firmas comerciales o sosteniendo un paraguas invertido para poder amontonar un mayor número de caramelos que finalmente, fundidos al calor de su envoltorio de plástico, verán la luz de su contenedor y no la del de otro vecino. No se trata solo de una cuestión de júbilo, puesto que de la rigurosidad de la recreación se sustentará la ilusión cándida de los pequeños. Seres que llevan todo el año eludiendo rabietas hasta casi quedarse sin respiración, obedeciendo sin rechistar las feroces indicaciones de sus malvados padres y conteniendo hacia dentro todo tipo de improperios y palabrotas para ser dignamente obsequiados por la gracia de los Reyes Magos. Para que puedan sentir, rodeados de útiles enseres y estimulantes entretenimientos de plástico, la misma sensación de humildad y bondad que el mismo Niño Jesús sintió en su pesebre de paja bajo la atenta mirada de los Reyes Magos.

El caso es que la hermosa tradición era así hasta este año, año en el que la costumbre ha sido brutalmente desmantelada. Año en el que compruebo horrorizado que nuestra sociedad se aproxima sin pudor y de forma vertiginosa al fondo del precipicio. Año de la estocada cobarde a esos valores que han sido fundamentales para el desarrollo y el asentamiento de nuestra sociedad. Año que quedará grabado en los anales de la historia de nuestro país como el comienzo del desastre y que yo no se lo perdonaré jamás.
Aunque todos los años me juro que nunca más lo haré, no hay día cinco del mes de enero a eso del mediodía que no dé cuenta de que aún no he hecho la religiosa contribución a los Reyes. De esta forma, cogí el coche como alma que lleva el diablo y me sumergí en un atasco que no avanzaba en ninguna dirección mientras entraba en un bucle que consistía en cavilar nerviosamente en qué comprar y relajarme con la idea de que los escaparates de las tiendas me inspirarían. Después de dar vueltas al centro hasta casi vaciar el depósito y aparcar el coche en la calle de atrás de mi casa, entré bañado en sudor en una superficie comercial de cultura y tecnología. Las oleadas de personas discurrían como escuadrones en guerra que lidiaban para hacerse con los últimos ejemplares de las repisas. No había tiempo que pensar, así que para mi padre escogí el libro más vendido sobre erotismo nepalí; para mi madre un flamante recopilatorio de música dance; para mi hermana la primera temporada de una serie de zombies náufragos; para mi novia un personal paquete con regalo sorpresa; y para mi primo, el del pueblo, una radio AM-FM analógica con la esperanza de que la modernidad no le abrumara. Por falta de tiempo y recursos, decidí regalarme a mí mismo una dosis de austeridad y rezar para que el resto de reyes no hubieran imitado mis pasos.
Cuatro horas después, tras una majestuosa revisión de los tratados de la envoltura de regalos en la cual se apreciaban figuras que desafiaban las leyes de la geometría, una marea de gente que circulaba a contracorriente me aprisionó. Era evidente la fuerte presencia de niños pequeños con el semblante iluminado por la expectación y la felicidad que desprende la cabalgata. No pude evitar emocionarme al recordar mis tiempos de niño, en el que mis padres me llevaban de la mano hacia las primeras filas del desfile, le daban unas monedas al primer mendigo que encontraban para que cuidara de mí y una vez pasadas varias horas de la llegada del cortejo real, abandonado y al borde de la hipotermia, volvían para recogerme. Nostálgico y con la ilusión a punto de llenarme el lagrimal, me sumí en el populacho para ver el paso de sus majestades.
Fue en ese momento cuando pude comprobar la barbarie en mis propios ojos. No había rastro de camellos, animales sagrados en la tradición cristiana y vanagloriados en diversos pasajes de la Biblia; los villancicos habían sido sustituidos por música y danzas de países innombrables, imponiendo de manera sectaria las costumbres de pueblos inferiores a las nuestras. Para colmo, la aportación de dulces de las empresas patrocinadoras era escasa y el rugido de mis tripas comenzaba a ser ensordecedor. Pero lo peor estaba por llegar, la herejía hecha realidad, las llamas del infierno iluminando las calles: Melchor, Gaspar y Baltasar ataviados con trajes que bien podrían pasar por cortinas de baño de un outlet o indumentarias propias de juerguistas obesos en Las Vegas. A todas luces, aquel bochornoso carnaval distaba kilómetros de la tradición conservada durante siglos y suponía una cruel burla a los valores de la fe mayoritaria.

Multitud de niños torcieron el rostro incrédulos y gran parte de estos comenzaron a llorar desconsolados, con la ilusión resquebrajada al ver que aquellos fantoches no eran más que unos malditos impostores que se hacían pasar por sus majestades, magos que estaban a punto de emprender un viaje por medio mundo en camello repartiendo regalos en cada una de las casas de los niños que habían sido buenos, que pararían para devorar sus galletas y saciar su sed con sus vasos de leche y que, además, en ese momento desfilaban en varios miles de cabalgatas al mismo tiempo.
Sin duda, aquello era un sacrilegio fruto del odio a las tradiciones, un acto que no merecía justificación, una actitud que bien suponía el comienzo del final de nuestra identidad como pueblo, una muestra de la crisis de valores de nuestra sociedad actual, un desliz premeditado para mofarse de las creencias ancestrales que merece una contestación contundente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacer procesiones con vírgenes en minifalda o que el Ramadán sea financiado con fondos públicos? Las tradiciones son para respetarlas, no para reinventarlas, ni para adaptarlas a los tiempos, porque como su propio nombre indica son eso, tradiciones. Con absoluta rotundidad, he de reiterar que mis pensamientos son conclusiones de mi propia experiencia, la cual nunca jamás fue corrompida ni influenciada por las reposadas labores informativas de los medios de comunicación, a los cuales como persona crítica y formada tomo en consideración de forma minuciosa, aunque, de tanto en tanto, me permita la consideración de echar un ojo a sus encabezados para formarme un juicio profundo y libre. 

Mientras esgrimo estas líneas de justicia y respeto para mi creencia, por otro lado necesarias, de las que confío se genere un debate sosegado y bien argumentado para acabar con la dictadura del odio, doy cuenta de que ahora comienza mi tiempo de disfrutar de los frutos de la tradición: jugar hasta que se me caigan los ojos al videojuego que los reyes consiguieron rebañar para mí de las barricadas del centro comercial ayer por la noche.


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